Es
extraño. No entiendo la nada. Me acompaña siempre. Pero hoy no la
entiendo. Me dediqué a preguntar en busca de respuestas. Las obtuve.
Las respuestas más inesperadas.
Una
tregua y mucha cobardía. Como a todos, me cuesta poner las cosas en
su sitio, pero siempre termino obligándome a levantar todas las
cartas. Terminar con las alas de tantas palabras voladoras. Y hablar.
De forma directa, mirando a los ojos y con mi vergüenza dejada atrás.
Pero
hoy no entiendo. Me sorprendió. Me sorprendió la indiferencia ante
tantas respuestas rebuscadas e incoherentes.
Me
sorprendió cómo dejé de esperar al minuto de saber que no
responderías. Dejé de hacerlo sin sentir nada. Absolutamente nada.
Me
sorprendió cómo de tanto decirme a mí misma que no sintiera, me lo
creí.
Me
sorprendió cómo en ocasiones tan diferentes, tan inconexas, tan
llenas de sufrimiento, yo simplemente dejé de sentir.
Para
evitar lo inevitable me dije a mí misma que lo mejor era dejar de
sentir. ¿Qué absurdo verdad? ¿Cómo evitar lo inevitable?
Me
repetí más de cien veces a mitad de camino que al llegar al final
nada pasaría porque la realidad estaba asumida y dejé en otros
caminos las armas que solo yo podía utilizar para herirme.
Y
ahora estoy aquí, incrédula. En el final y sin armas que poder
utilizar.
Sonriendo
ante tanto sufrimiento inexistente, pero realmente confusa de haber
conseguido lo que quería. Una utopía que puedo tocar pese a que ni
siquiera los utópicos la crean real.
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