16/12/14

Oraciones olvidadas

No eres más que piel entre mis dedos,
dudas sobre mi alma.
Cuánto amor y desenfreno,
cuánta lucha por tus anhelos.

Y luego pienso,
¿cómo sentirte tan lejos?
Eres polvo del viento,
eres el frío que siento.

¿Cuántas veces te he soñado?
Y mis mentiras te extrañaron.

Ardiente deseo de mis ojos al mirarte.
Un corazón latiendo por desconsuelo.

Te tengo y ya te echo de menos.
No puedo seguir así,
necesito un momento.
Huele todo a nuevo.

Quizá no sea el momento.

14/12/14

El último año

Te escribí cien veces. Escribí, reescribí, taché, rasgué.
No sabía qué palabras utilizar. Todas ellas estaban en mi mente. Sabía lo que quería decirte. Pero se perdían al intentar llegar a mis dedos.
Pensé en llenar un vaso y bebérmelo. En buscar en el alcohol la valentía que me faltaba. Pero no quería que fuese el alcohol el que hablara por mí. Quería ser valiente por una vez en mi vida.
Quería que las palabras sinceras guardadas durante años salieran sin más cobardía. Sin más vergüenza y sin miedo a que cayeran en saco roto.
Quería ponerlo todo en orden. Asegurarme de que si alguien faltaba, no iba a arrepentirme de no haber cerrado la puerta con suavidad.
Quería todo eso y más. Y por ello, planto cara y llevo a la práctica tantos consejos teóricos que se han ido acumulando año tras año.

9/12/14

Gracias

Me encanta esta paz. La adoro. Acurrucada en un calor acogedor. Sonriendo ante fallos absurdos. Respirando este aire de tranquilidad que tanto necesitaba. Un día completo. Lleno de sentimientos y con un final silencioso y cercano. La felicidad inunda cada uno de mis sentidos. Soy yo. Respirando con sed calmada.
Cada respiración llena mis pulmones, llena mis entrañas, me llena de vida. Esa vida que tanto me da, que tanto me enseña, que tanto se guarda por enseñar.
Tantas personas, tantas alegrías. Tantos segundos buenos guardados. Algunos malos que ya ni recuerdo.
Tu tropiezo, nuestras manos, tus preguntas, tus palabras, tus enseñanzas, tus "te quiero", tus diminutivos, tus finales, tus oportunidades, tus besos, tu preocupación. Vuestro todo.

Dejé las cuchillas

¿En qué momento olvidé? Solo hacía falta llegar al lunes. Nadie dijo nada del martes. Del fracaso, esperanzas perdidas. El pequeño triunfo sobre un escalón partido.
Los sobreesfuerzos. Tu falta de compañía. El desprecio hacia mi trabajo y la ignorancia de mis manos en alto. Disparaste, sin mirar. Y ahora pides el doble cuando no tengo tiempo para avanzar.
Un golpe, un giro. Un bocinazo que se convierte en gritos. Los de siempre. Los que me dan la bienvenida.
No tengo más.

Sonrío a desconocidos y me siento en el vacío. Con un único abrazo. Efímero y efusivo. Orgulloso de algo que solo un día me ha hecho vivir. Nadie dijo que le siguieran otros. Que le siguiera este dolor en el pecho provocado por arterias que están a punto de estallar entre tanto alimento malsano.
El calor acelera los latidos que insisten en continuar. Que nunca llegan al final.

Ahora recuerdo. Recuerdo por qué en cada momento de alegría dije: si pudiera saltar, lo haría.
Nada me importa. Que entres en mis palabras y veas que sigo rota. Desde siempre. Desde esa rareza que un único hombre se atrevió a defender.
Desde entonces rota. Por más días, por más risas, por más alegrías. Llena de júbilo deseé seguir. Lo conseguí, pese a ser falsa moneda, olvidé lo demás y me centré en la lucha de un ritmo constante. Pero nunca pensamos en el mañana.

Y escribo para mí. Ni siquiera para mí. Dentro de unos años, con todo el pesar volveré a leer y me costará asociar. Pero al menos no inventaré. No creeré que las palabras vienen a atacarme. Porque ninguna de ellas será para mí. Serán para los que no oyen, para los que no leen. Para los que me creen olvidada en una felicidad. 
Y no entienden que es el dulce el que me hace llorar. El llorar lo que me hace dulce. 

A falta de puertas que abran cada palmo de mi piel, es el estómago el que manda. De donde salen todas las palabras. De mi mañana. De ser de nuevo el bufón. Ese papel innato cuyo cartel clavaron en el fondo de mis ojos. 

Y no lo hay. No hay quién. Hay quien lucha, hay quien como a peluche me trata. Hay quien pregunta por deber, por dejarse notar. Hay quien cree ser importante cuando ni una palabra he llegado a hablar.
Pero no hay quién. Un abrazo, de verdad. No hay quien.

El reflejo de la luna. El brillo. Apenas lo vi. No pudo cegarme. Y enfadada se fue, no volvió a aparecer. Me dijo que se enfadaría, pero no tomé el consejo como propio. Y no la miré.
Recordé que estaba por esa vuelta triunfal. Por esos segundos de piropos sin fondo.

Los adjetivos se amontonan. Pero de nada servirá. Escupir desgracias incesantes. Solo deseo estallar. Deseo que cada trozo de carne aumente por triplicado dentro de mí. Que me deje sin respiración. Que ese coche me atropelle, que un camión me deje sin habla.

Pero no. Pero sí. Pero qué.

De nuevo al principio. Al comienzo. Al punto de partida. Al punto del que nunca me he movido. Solo cerré los ojos durante un instante y me negué a recibir órdenes cargadas de mentiras.
Desde aquí sentada, los golpes vuelven a recobrar sentido. Mi alma vuelve a tomar el mando y mi cabeza se centra en horas sin sentido. Información innecesaria e inútil. Como yo. Y sin embargo, la información se sigue dando.
Necesitaba sentir de alguna manera. Necesitaba creer que algo se podría mover dentro de mí.
El amor es tan importante como la comida. Pero no alimenta.

Y sin embargo

No te pedí nada. Absolutamente nada. Yo no dije nada. No quise nada. Pasaste delante de mí como miles pasan. El egoísmo puro de tus palabras. Las mentiras que me hiciste creer, que te hiciste creer. Me sorprende tanta hipocresía.
Me sorprende que a sabiendas de todo lo que en tu cabeza ocurría me dijeras ven. Yo no pedí nada. Por eso me sorprende que esa necesidad impetuosa de dejar de sufrir por la distancia a la que tu corazón se ve sometida, se llevara parte de mí. Parte de mi entereza. Y no hace falta más.
Nada de mal se aclarará. Solo estas pocas palabras de mi irritación ante tanta pérdida tiempo.
Igual que la espera de un autobús. Llegué a la parada y faltaban más de veinte minutos. Comencé a caminar. Un par de paradas más. Y a la tercera, apenas unos diez minutos faltaban. Unos minutos que nunca llegaron.
Una hora estuve esperando aunque tú estuvieras al lado, sabiendo que ese autobús nunca llegaría. Aunque me dijeras, no creo que quede mucho.
Y eso es lo único que me irrita. Perder el tiempo porque la gente hable sin pensar.